Todos tenemos nuestro sitio, ese sitio donde nos sentimos cómodos, a salvo, donde sentimos que no nos importaría estar allí el resto de nuestras vidas, solos o acompañados.
A ese sitio es al que aspiramos a llevar un día a esa persona, esa tan especial que hace que los días tenga un toque diferente, único.
No siempre encontramos a esa persona, a veces creemos encontrarla, pero en el fondo no lo es y nos sentimos decepcionados, o. . . la encontramos pero por “causas” la perdemos. . .
Eso es lo peor, saber que has logrado encontrar a tu persona perfecta, esa a la que quisiste desde el primer momento en que la tuviste a tu lado, aquella que al besarte por primera vez, supiste que estaba hecha para ti, que tu vida no tendría sentido si no estaba, que si no la conseguías solo vagarías buscando resquicios de felicidad, una felicidad casi nula comparada con la que sentiste a su lado.
Que triste eso que sentiste, pasado, algo que ya pasó y se olvidó, algo que no se volverá a repetir.
Algo que en tus más tristes y verdaderos sueños se revela, que está ahí, a dos metros, como mucho tres de distancia. Ves que no está solo, sino que tiene compañía. Y te gustaría poder odiarla, o a lo mejor la odias, pero la admiras tanto, aunque no es admirar, sino algo que no se puede expresar.
Entonces miras una vez y dos, puede que tres. Pero después de eso ya no, no más. Sabes que es demasiado castigo para ti, así que decides irte, ese no es el lugar ni el momento. . . sientes que sobras. . . que no debes estar ahí.
Y en ese instante. . . sabes que deberías estar en tu lugar, en ese donde nada malo puede pasarte. Ese donde puedes estar bien contigo misma.